lunes, 12 de mayo de 2014

Cuba


La temperatura no había sido particularmente benigna. El día soleado se había tornado abrasivo a medida que el reloj hacía su trayectoria de derecha a izquierda hasta completar medio ciclo en el mediodía. Iván se sentía no solo azorado por la inclemencia solar isleña, sino por el hastío que implicaba replegarse a su cuartito miserable, semejante a un horno por el encierro. Encendió el ventilador con desgano, desconfiando en la posibilidad de sus aspas para arrebatarle no tanto el calor como la modorra que produce el trópico en esa época.
El recuerdo de su país, lejos de traerle el frescor de la nieve al rostro, servía para acrecentar el fuego de la impotencia en su espíritu. Cuánto más duraba el exilio en La Habana, más se le hacía difícil extinguir el incendio que amenazaba con borrar del mapa su aldea de torres improbables y montañas riscosas. Acaso ahora, como nunca antes, sentía  con intensidad el amor por  los Balcanes cocinarle las entrañas; su sol personal, rivalizando en voracidad con las olas que todo se llevan pero nada regresan a ésas orillas caribeñas.
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Cuba. Cuba. Cuba.
         El mito revolucionario, la leyenda cobre del socialismo, el epítome de la eterna urbanidad tardía. La conozco más de oídas, que de lecturas. Sé más de opiniones que de certezas, algunas han prejuiciado mi trato con sus gentes, otras me han hecho plantearme el aislamiento que impera en América Latina.
¿No será más terrible la soledad en una isla, sabiéndote más prisionero del amor que del mar inexpugnable que te franquea?

Lo que sé de Cuba suena a tambores, huele a tabaco y sabe a ron con Coca-Cola. En cierto modo, el cliché me impide disfrutar a plenitud de la colorida tristeza que me inspira una  bella fotografía de Varadero. La playa que sospecho ajena al bullicio característico del Caribe.