domingo, 14 de agosto de 2011

Promesas





El tiempo, el tiempo pasa muy lentamente cuando se sufre, pensó Caín. Extendió sus manos enguantadas hacia adelante y las observó detenidamente, preguntándose si había un Dios que las condenaría al fuego del Infierno. Después, decidió que no era así, tras recordar los acontecimientos de hacía dos años. Definitivamente no podría haber peor Infierno que ese, grabado a fuego en su alma para el resto de sus días. Giró sobre sus talones y se enfrentó a la mirada pérdida y nostálgica de Leiv, repentinamente irritado ante la idea de que tendría que ensuciar sus nuevos guantes con la sangre de ese imbécil atado a la silla.

-Dime,Leiv, ¿qué parte no entendiste de nuestro acuerdo?¿No te dije, hace ya dos años, que nunca, nunca, y bajo ningún momento debías volver a aquel lugar?

Caín percibió la rabia silenciosa, el odio contenido en su interior en la fracción de segundo que tardó Leiv en sostenerle la mirada antes de desviarla con desdén e indiferencia hacia el suelo.

-Persistir en tu obstinación de no hablar no nos llevará por ningún camino.- afirmó Caín sintiendo cómo lo último que quedaba de sus paciencia se volvía pedazos. Entonces, asestó un fuerte puñetazo en la queijada de Leiv, provocando que este escupiera algo de sangre.
-¡Acaso no hicimos un juramento,miserable!- Caín notó que su voz se elevaba y se empapaba del desprecio que sentía por Leiv.
-Lo que hicimos fue injusto, ella no merece eso,Sa...- eran las primeras palabras que decía en toda la noche. Ya lo habían golpeado lo suficiente los gorilas descerebrados de Caín, pero no había dicho nada antes de que su jefe llegara porque le correspondía razonar con ese canalla, no con sus esclavos.

No te atrevas, pensó Caín, no digas su nombre. Esta vez le dio una patada lateral directo al estómago, provocando que un grito ahogado escapara de su garganta.

-¡Ni se te ocurra decir su nombre, pedazo de mierda! ¡Lo que acordamos era lo mejor para los vivos, deja en paz a los muertos!

Leiv le sostuvo la mirada, ensangrentado y adolorido como estaba y, sin embargo, sintiéndose en una posición más elevada con respecto a su torturador: él reconocía su error y estaba dispuesto a enfrentar las consecuencias, mientras Caín era presa de los remordimientos, si bien se resistía a enmendar sus acciones por medio de una única cura: la verdad.

-Saray.-pronunció el nombre sintiendo que le quemaba las entrañas, con un fuego más doloroso que todas las heridas abiertas en su carne- Saray nos amaba, Caín. Y le pegamos dándole una muerte que no merecía, enterrándola en ese bosque, haciendo que su familia sufra ante la idea de su desaparición y se marchiten en las vanas esperanzas de encontrarla algún día.
-¡Todo fue tu culpa!¡Esa bala era para ti, y tú, tú permitiste que ella se interpusiera!Tú tenías que morir, pero todavía hoy me veo atado a sus últimas palabras, dejando que respires, que camines entre los vivos mientras ella se pudre en una sanja...
-¿Y no recuerdas de quién fue el disparo, eh? Todo comenzó por tus celos, no soportabas la idea de que ella y yo deseáramos escapar de la banda, dejando atrás tanta violencia y muerte, así que nos engañaste, nos llevaste a ese lugar y luego esperabas ejecutarme frente a sus ojos.

Caín lo miró sorprendido. Sabía de los sentimientos de Saray hacia Leiv, sentimientos que hasta el momento en que esos dos se miraron a los ojos le pertenecían totalmente. Pero nunca imaginó que la traición de ambos llegaría lo suficientemente lejos como para tener deseos de irse de la banda. En ese momento, reveló el cuchillo y lo apretó con fuerza en el puño a la vez que contenía las lágrimas que nunca había llorado

-¿Vas a matarme, me dejarás reunirme con aquella a quien asesinaste?- preguntó Leiv interrumpiendo las dolorosas memorias.

Caín lo miró fijamente. Sacó su navaja afilada y se acercó a la silla. Leiv respiró profundo y cerró los ojos, esperando el momento en que la hija haría su danza lenta por su garganta y la sangre mancharía los jirones en los que se había convertido su ropa tras la golpiza. Pero eso no ocurrió.

- Ya desaté la cuerda. No romperé la promesa que le hice antes de que muriera, ni aunque te merezcas mil muertes.

Leiv sintió la circulación fluir libremente. Miró con sorpresa y receló a Caín.

- Vete antes de que me arrepiente. Y ni se te ocurra, volver a llevarle flores.
-¿Por....qué...?- preguntó Leiv confundido.
-¿Por qué? Porque es una zona muy transitada y dejar flores allí es una idiotez que ningún guardabosques dejará pasar por alto. No quiero enterarme de que hay averiguaciones.
-No, Caín, lo que quiero decir es por qué me liberaste.

Caín miró a un punto cualquiera de la pared y guardó el arma.

-Leiv, seré un cabrón,un asesino, un ladrón, la peor escoria humana..., pero, yo siempre cumplo mis promesas.
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  ¿Quieren sembrar el caos y la anarquía mientras caminan por la ciudad? Compren un globo de helio y sonrían todo el trayecto. Ya lo comprobé el viernes.

Besos, y gracias por ser 127 rosas negras.