viernes, 13 de octubre de 2017

Drácula


Después de leer la carta del Doctor Serwad, el cuerpo de Jonathan sufrió una sombría transformación. A medida que leía, su semblante viraba de la palidez londinense a una pared blancuzca e impertérrita, a diferencia del resto de su anatomía que, entre la paradoja de la tensión muscular y las sacudidas esporádicas de sus manos que temblaban; parecía que luchaba con todas sus fuerzas contra los espasmos nerviosos que le obligarían o a soltar o bien- y esto probablemente sería lo mejor- a desmenuzar la carta en un arrebato incontrolable. 

Una vez pudo recuperar cierto dominio de sí mismo, me extendió la carta. Yo me encontraba paralizada de sorpresa ante una transformación tan súbita en el temperamento generalmente sosegado de mi esposo. De hecho, más que sorprendida y siendo completamente honesta con este diario que ha sido mi compañero durante tantas décadas, la palabra sorpresa no sólo es inexacta, sino falaz: lo que sentí fue horror. Un horror tan familiar como lejano, que regresó de las brumas del tiempo de la misma forma que un barco abandonado podría estrellarse contra las rocas de la bahía. 

Tomé la carta, sin embargo no tuve tiempo de leer siquiera la fecha, porque al instante Jonathan, con una voz pequeña y lúgubre, como él mismo en ese instante, resumió todo cuanto deparaba la misiva: 

-La pesadilla está aquí de nuevo, Mina.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Stamina



  En este momento se mueve; el segundero, por los colores del espectro, en un amplio arcoíris, se desliza entero y toma las curvas según su entendimiento. En cuanto está cerca de alcanzar el cielo  recuerda que es hacia arriba, no su inverso, pero como desciende por el anverso, su verso se hace minúsculo y ceja así su empeño. Al llegar abajo...¡No me lo creo!

Una vez  tocado fondo, dice, solo queda seguir subiendo.


martes, 19 de septiembre de 2017

Pluvía



 Todo en él era agua. El torrente tropical bajaba por su mirada perdida, empapando la melena descuidada  las ropas grises, los zapatos embarrados por el barro al cruzar de forma deliberada por un charco asqueroso. Todo en él era agua y suciedad citadina bajo un cielo tempestuoso que se negaba a calmarse por más que los transeúntes, sin paraguas, con sus miradas de desilusión; aguardaran tras los toldos de los locales la aparición de un sol deslumbrante. Él estaba más allá de todo aquello: de sus prisas, de su carreras continuas para ponerse a salvo de la lluvia, de la dama angustiada por el vuelo de su sombrilla, la cual pasó al lado del joven, y  que se negó a atrapar: no era su asunto qué se quería llevar el viento, a menos que lo arrastrara a él. 

   El viento. Recordó los vientos de su ciudad, cuya fuerza y velocidad podían impulsarte hacia tu destino o dificultarte la llegada. Jamás imaginó que podría extrañar los vendavales que le forzaban a portar una bufanda para proteger su garganta casi todos los días del año. Ahora, su única protección en ese raro país era una camisa azul y los tenis empapados, además la mirada, impenetrable, oscura, de persona que se sabe conocedora de su desdicha. No sabía cómo aplacar su angustia más allá de esa caminata eterna por avenidas abnegadas y desconocidas. 

   Aunque, pensándolo bien, todo desde su llegada había sido eso: esa lluvia enfermiza, esa alienación ante lo incomprensible y lo absurdo de aquel lugar. ¿Cómo era posible que la gente hablara su misma lengua, y aún así se tratara de un idioma totalmente distinto? ¿Qué tanto les costaba cruzar por el rayado? ¿Por qué hacían ese exaltado ruido al hablar? Por toda respuesta, se esfumaron las nubes y con ellas acabó de súbito la precipitación. Un haz de luz le saludó con su estúpido optimismo de Sol.