martes, 12 de septiembre de 2017

Pequeños pasos en la Luna



- Eres malo- chillé casi gritándole. 

    Jules me miró con fastidio, siempre lo hace. Es el peor hermano del mundo, ¡puede que el peor del Universo! Los astronautas no deben de tener hermanos egoístas como Jules, o seguro que no llegarían tan lejos. 

- ¡Eres malo y por tu culpa nunca seré astronauta! 

    Esta vez sí que le grité, ya llorando y con el rostro como un tomate muy redondo y rojo. No quería llorar, porque después Jules me llamaba “nenaza” y también cosas muy feas. ¿Lo ves ahora? ¿Ves lo malo que es Jules? ¿Quién llamaría “mocoso” a un futuro astronauta? 

    Jules apartó la mirada de la pantalla, pausando su tonto videojuego y mirándome en silencio, como enfadado y aburrido de mí, todo a la vez. Como yo seguía llorando, suspiró a la par que ponía los ojos en blanco y luego siguió con su juego. El mismo que no me dejaba compartir con él y mucho menos jugar solo.

 -No sé de qué estás hablando, nenaza. Si alguna vez te envían al espacio, será para evitar que te reproduzcas. 

    La breve pausa casi me tranquilizaba, pero ahora pasé a un berrinche terrible. Esta vez le di un golpe fuerte a la mesa de la sala- más tarde un moretón me diría que “demasiado fuerte”, y Jules tuvo que mirarme, sorprendido. Por mi parte, yo realmente no sabía que significa reprodicirme, pero seguro que era una cosa tan mala como el mismo Jules. 

-Ya, Adrián, tío. Lo estaba pasando bien hasta que apareciste; me cortas el rollo. 

-Déjame jugar contigo, por favor- supliqué teniendo dificultades para respirar por la nariz. Jules  sacó un pañuelo de a-saber-dónde y me lo dio, soltando una palabrota mientras yo me soplaba los mocos. 

    Siguió mirando a la pantalla, solo que ahora había bajado un poco el volumen de los disparos y los gritos para poder hablar en un tono muy serio, grave. 

-Adrián, mamá dice que no puedes jugar porque luego tienes pesadillas, y a mí no me va a caer otra de esas broncas por el niñito que todavía moja la cama cuando se asusta. No es no. En serio, piérdete, vete a colorear o haz alguna otra mariconada de críos. 

   Le arrojé el pañuelo como un proyectil de mocos, pero lo más que hizo fue aterrizar a sus pies, sin que él se enterara. No importaba, porque con mi grito de guerra se enteraría: le dije, alzando la voz lo más que podía, que cuando crezca y sea un hombre, no le dejaré entrar a mi cohete. 

 Y me fui caminando como lo haría un astronauta en la Luna, no un niño llorón.