martes, 17 de mayo de 2016

Enty.




Eras justamente lo que no venía buscando y me negaba a admitir que nuestro encuentro era fortuito. Entre cientos de personas que vagaban con el corazón yermo, la mirada de hastío, en fin; cada marca del paso aburrido de los días, que tú y yo nos encontráramos a solas en aquel lugar, no era cuestión de tiempo. Son anécdotas desastrosas que dejan una huella más honda de la que desearía, pero que nacen de un evento anodino, como dos extranjeros perdidos en los pensamientos que se derretían entre las ruinas de tantos imperios. 

 Teníamos poco más que una lengua extranjera, la primera de todas para ambos, en común. Y después la soledad, una sombra larga que se colaba por la conversación y anidaba en la desesperación de un beso abrasante. En cuanto a esos besos, eran llamaradas de un deseo de alguien más, alguien lejano; que entre ráfagas de risas y pestañeos lascivos, podía entreverse en una tristeza profunda a la hora de responder a ciertas cosas, con medias verdades y omisiones, todo hay que decirlo, sin embargo, ahí estaba ese alguien. 

 Ella, quién sea para ti, con nombre sinuoso para mí. 

 Esa aparición, desvelo, fantasía que se deshacía cuando abría los ojos y te encontraba a ti, en lugar de al cálido recuerdo que abrazo en mi interior. A este tormento que me consume cada vez menos, lo olvidaba por momentos sólo cuando me hacías todas aquellas cosas que deseaba y no podía hacer con nadie más porque tú, sí tú a quien no quise, eras lo que necesitaba para borrarme las ansias. Y paradójicamente, mi delirio cobraba intensidad con más fuerza cuando me detenía a pensar qué diferente tu anatomía a aquel paisaje que solía recorrer con mis manos y mi imaginación cuando navegaba por sus curvas, por los ojos almendrados y una sonrisa que sí amé, si es que mi amor era lo que poseía ese alguien.

 En cuanto a ti, a lo que hacíamos, quedaba una mancha que se lavaba o una dentellada que hacía estallar la sangre y luego se desvanecía entre violetas y rosas, al igual que tu aroma era incapaz de perdurar en mi memoria más de lo que se adhería a mí piel. Al finalizar aquello que no tenía nombre, cuando podíamos permitirnos marcharnos con horas vacuas por delante, sabía que cada vez el gozo sería más breve y la expiación, interminable.