martes, 6 de mayo de 2014

Hojas en Blanco

       

        Para cuando las circunstancias presentes encajaron una a una en el papel, el momento de la claridad y la acción ya había pasado. De súbito, todos los colores abandonaron al mundo, retrayéndose en una desconocida y asquerosa tonalidad homogénea. Sin duda, la aberración licuada; una mancha repugnante digna de oprobio, no había consumado a plenitud sus transformaciones: con cada minuto transcurrido, iba empequeñeciéndose, como si un drenaje invisible se llevara partes de color; gota a gota. Muy probablemente, se reduciría a una partícula ínfima e indivisible, ajena a otros ojos que no fueran los de la imaginación, y engendrando con su ausencia el vacío. Y fue entonces cuando el pintor entendió que al morir no vería una luz blanca. En lugar de ésta, su muerte se vería colmada por la nada primigenia de las hojas en blanco.