sábado, 23 de febrero de 2013

Una palabra



Va y se sienta. Intenta escribir. Piensa en él. Él no piensa en ella. Vuelve al papel, y escribe dos líneas sobre las flores púrpuras del jardín. Recuerda el cardenal en su ojo derecho días después de una pelea. Y como ella lamentó tal herida. Borra el color, y se concentra en las flores, en su esplendor-incoloro-, en su aroma, en la luz que se derrama sobre ellas. Visualiza al jardín y el primer beso. De súbito, desaparece todo un párrafo y ya no hay más flores en el papel. Cierra los ojos un momento, busca la paz mental, desbloquear un chakra, recordar un rezo o un conjuro. Todo en vano. Él vuelve como una ola, y cuando se esfuma, solo lo hace para regresar con más fuerzas. Siente que podría escribir en una noche entera un libro exhaustivo sobre su clavícula izquierda, el tono de su cabello mojado y cuando finge no tener frío para no regresar a casa a buscar un suéter. No, no lo hará. Se prometió no escribir más sobre él. No recordarlo. No pensarlo. No hacer, decir, escuchar nada que pudiera tener la relación más mínima con su infernal persona.

Se prometió no escribir sobre él, pero seis horas después está dejando una carta frente a su puerta. Cuando suelta el sobre como si éste fuera un potente ácido, se marcha a toda prisa. Piensa, con amargura, mientras enciende un cigarrillo que ha pasado todo el día frente a una página en blanco para romper su promesa y escribir una palabra. 

Todo el día para escribir un "Perdón".