domingo, 16 de diciembre de 2012

Las Vírgenes Suicidas de Jeffrey Eugenides

         
   “Bajo aquella luz anaranjada, las cabezas de los alumnos parecían anémonas de mar que ondulasen dulcemente y el silencio de la clase era como el del lecho del océano. 

—Cada segundo es eterno —nos dijo Trip al describirnos cómo, cuando se sentó en su pupitre, la chica que tenía delante se dio la vuelta y lo miró sin razón aparente. 

       No habría podido decir si era guapa o no porque lo único que vio fueron sus ojos. El resto de la cara —sus labios carnosos, la rubia pelusilla del cutis, la nariz con las ventanas rosadas y translúcidas— se dibujó vagamente mientras los ojos azules lo levantaban como una ola marina y lo mantenían en suspenso. 

—Fue el punto fijo de un mundo que giraba —nos dijo, citando a Eliot, cuyos Poemas completos había encontrado en la biblioteca del centro de desintoxicación. 

     Aquella Lux Lisbon seguiría mirándolo durante toda la eternidad y Trip Fontaine le devolvería la mira¬da. El amor que Trip sintió en aquel momento por ella fue más auténtico que todos los amores que vendrían después porque sobreviviría a la vida real y seguía atormentándolo, incluso ahora en el desierto, con su belleza y su salud arruinadas por completo. 

—Nunca se sabe qué desencadenará el recuerdo —nos dijo—. Puede ser cualquier cosa: la cara de un niño, el cascabel en el collar de un gato...”

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(He vuelto. Faltando a mi palabra de volver el 25 de septiembre, pero ahora es cuando puedo. Quién sabe hasta cuándo.)