sábado, 11 de agosto de 2012

Los Fuegos de Vulcano




¿Cuándo se acaba el tiempo de algo, si sus años y sus estaciones se desdibujan con nuestros recuerdos? ¿Se acaba cuando dejamos de recordar? ¿Y si nosotros olvidamos, pero alguien más recuerda? 

      Ante tales enigmas, mis respuestas se vuelven gritos ahogados en un mar de escepticismo. Cualesquiera que sean tus contestaciones, también se encuentran atrapadas en esos labios despectivos, por lo que solo nos queda esperar que las soluciones encuentren vías de escape más efectivas que tus omisiones y mis silencios. Tus palabras, las pocas que recuerdo como si fueran canciones y, no melodías a penas entonadas; son la banda sonora de mis pesadillas. Quizás esta tristeza sea mi enfermedad y no haya cura para mis penas, pero tales súplicas son obra de las heridas legadas por ti. 

           Cicatrices de guerras, balas en zonas cercanas al pecho, solo falta la estocada final en el corazón: que sea una espada, mas no un proyectil, porque si bien será más larga la agonía, esconderá más gloria mis ojos fijos en los tuyos hasta el final, pero no el rápido vistazo a un cielo tiñéndose de sombras. Fuego y sangre, esta guerra. Nuestras armas ocultas tras largas capas púrpuras expectantes a las miradas de rencor y cólera contenida. Las mías son flechas de Diana, pero las tuyas son obra de Vulcano, forjadas entre llamas enfurecidas y lágrimas consagradas a la tristeza de la traición de Venus

        Puede que morir en batalla sea lo único que nos depara el destino, ya que seguimos buscando la paz mientras luchamos en la guerra. Todo para cuando la encontremos, nos decepcionará de la misma forma en que nos decepcionó el amor, y descubriremos porque Héctor es dichoso en los infiernos y Eneas se pudre reinando en Roma. 

Marte es el único amante  fiel a los condenados.