viernes, 27 de abril de 2012

Barcelona




   ¿Cómo ponerte en palabras, Barcelona? ¿Habría que acercarme a tu playa fría y sentir tus arenas deslizarse por mis manos, en un destello primaveral? Me pregunto si te escondes en el azul infinito de la bahía o entre los centenares de edificios, siglos y siglos de arquitectura como testimonio de millones de almas andando por tu suelo mucho antes de siquiera ponerte ese nombre, que ahora en mi lengua se siente como el recuerdo vibrante de un sueño hecho realidad.

  Miré con atención a las gárgolas del Barrio Gótico por callejones estrechos, puentes y balcones, pero me pareció que tu espíritu se escabullía entre los vitrales incompletos de la Sagrada Familia, así que lo seguí hasta ahí, pero tuve que corregir el rumbo hasta la Catedral de Barcelona, sin atreverme a interrumpir la misa. No importó, porque en cuanto creí comprenderte emprendiste tu camino hacia el Parque Güel, donde los árboles se reían secretamente de mis intentos de seguir tu paso acelerado, hasta que un dragón en una fuente me susurró que te dirigías hacia el Camp Nou.

  Persecuciones en autobús, en metro, en taxi. Corrías deprisa por el bulevar, esperando que los recuerdos del F.C Barcelona o las postales me distrajeran, sin embargo no contabas con que  no chocaría con-casi-ningún turista y te encontraría tomándote una caña en el Hard Rock Café. Y lo sabías. Sabías que vería esas guitarras y fotos, olvidándome de la cacería por unos segundos. Los pocos que bastaron para que desaparecieras de mi vista en un autobús, mientras las lágrimas del cielo te bañaban, triunfal, hermosa en tu nocturnidad y eterna en tu hechizo.

  El mismo hechizo que no consigo romper y que ahora hace que me pregunte, ¿volveré a jugar al gato y al ratón contigo, Barcelona?


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  Faltan pocos días para que se cumpla una semana desde que regresé a Venezuela.  Desde que regrese al sol caribeño, al las montañas coronando una ciudad de caos y miseria, a la rutina de siempre, a los rostros familiares y amados, a la tristeza eternal de una realidad disfrazada de imperturbable. 

 No culpo a nadie en concreto, porque todos somos responsables del miedo, del dolor, de la violencia, la pobreza, de todo. Ya nací bañada en este pecado, no bíblico, pero sí divino, de vivir en el Edén plagado de demonios que es mi tierra maltrecha, mi país portátil y estúpido. 

 ¿Qué si me hubiese gustado quedarme en España? ¿Dónde tengo que firmar? ¿Puedo traerme a mi perro? Esperen, ¿tengo que sacrificar a mi perro? ¿A qué hora?

(Nota: Actualmente no tengo perro, pero si lo tuviera se llamaría Lulú.)

Besos de neón, y díganle a Barcelona que la quiero.