martes, 27 de marzo de 2012

Madrid




Primero fue esa extraña incosciencia, que no es el sueño ni el desvelo, que te deja el cansancio del insomnio y la pérdida de la noción del tiempo mientras la oscuridad del avión se enreda hasta confundirse con las mareas oscuras del Atlántico, y mi país quedaba atrás a medida que surcaba en un pájaro de metal el cielo. Luego, pasar para que te revisen el pasaporte, vivir un momento dantesco con la policía, salir indemne y buscar el taxi. Como siempre, un centenar de árboles, una edificación cada tanto, después puentes, cada vez más autos en la autopista, edificaciones antiguas, hermosas, justo lo que vine a ver a Europa. El hotel esperando a guardarme del frío primaveral del que mi cuerpo caribeño no está para nada acostumbrado.

 ¿Cómo describir esos cuatro días en Madrid? Tendría que hablar de largas caminatas con botas y bufanda, y en todas direcciones se escuchaba a alguien hablando alemán y francés, entre las alegres voces con acento español, mientras intentaba no perderme, algo que se me da con mucha facilidad. Vi edificios hermosos, de siglos pasados y me pregunté si sus habitantes originales alguna vez se plantearon que la planta baja de su hogar se volvería una tienda lujosa, un café con olores seductores o el portal en el que se besarían dos amantes en el siglo XXI.

  Miré en una plaza a Neptuno y sus corceles, también a la reina Isabel II mirando de forma altiva a los turistas chinos que le tomaban fotos implacablemente, y caminé por cruces rayados, piedras cuadradas, otras redondas, algunas hexagonales y comprobé que no había riesgo de atropellamiento de parte de los conductores prudentes, aunque en varias ocasiones no pude pensar lo mismo de los ciclistas. 

 Casi lloré durante las ocho maravillosas horas  recorriendo el Museo del Prado, observando tanta genialidad, color e historia escondida tras pigmentos y lienzos, mármol y esculturas, luces y sombras. Y a duras penas contuve las lágrimas cuando, después de muchas calles y más tiempo todavía buscándolo, encontré al Museo Reina Sofía cerrado.

 Conocí el Retiro con una amiga entrañable, y también la Puerta de Alcalá y la del Sol, y las numerosas fotos juntas son la prueba de que nuestra amistad durará mucho tiempo, incluso cuando se agoten las recomendaciones musicales que han formado parte importante de nuestra correspondencia transatlántica a lo largo de casi cuatro años.

  Madrid se desvaneció en la ventanilla de un autobús, más no mis ganas de volver pronto a visitar todo aquello que el tiempo no me permitió ver. Y mientras pensaba en esto frente a mí se fueron dibujando los contornos de Zaragoza.

-----------------------------------------------------

Estoy tan feliz de haber venido a España, la he pasado muy bien en este país con tanta riqueza cultural y lugares memorables. Desde este rincón perdido de la Internet quiero agradecer a la bella y divertida Karol de encontrarse conmigo y brindarme la oportunidad de pasear con ella por el Retiro y la Gran Vía hasta la Puerta del Sol. Gracias, darling, la pasé muy bien y espero que tú también, pese al acoso insistente de mi cámara, pero soy una turista entusiasta de la fotografía.

Siento mucho haber tenido tan abandonado este espacio, pero prometo actualizar más seguido ahora que tengo tiempo y cosas más interesantes que decir y que contar.

Besos de neón.