martes, 3 de enero de 2012

La Ciudad de los Malditos



Abandonado a las flores muertas, en estas grandes lápidas llamadas rascacielos, sucumbió a la perversidad y al crimen en una noche enlutada al comprobar que los cielos mudos no se atrevían a darle ninguna respuesta. De todas formas, escapaba de sus dominios formular las preguntas adecuadas a los dioses caprichosos, regidores arbitrarios del Destino y ahora, alejado de la luz, de la bondad, ebrio en el rencor contra lo humano y lo correcto, sigue una senda sombría mutilando, violando y asesinando lo más puro y sagrado: la vida. Es cierto: tras tanto tiempo no queda mucha satisfacción en la ejecución de los males una vez que estos han acabado, porque la maldad como una droga,  impulsa a las almas extraviadas a llegar cada vez más y más lejos por el temor a no poder sentir la misma sensación de antes, el veneno primordial. Por los caminos que recorría, ya no alumbraba la noche su sonrisa fugaz, mas persistía la sinfonía trémula de llantos ajenos. Si bien, nunca hubo una cura para su dolor, el dolor de otros podía acallar momentáneamente el sonido final de su ser desgarrándose por las viejas cicatrices.  Y es que como él, hay otros que saben que solo un diluvio ancestral podría lavarles las huellas del pecado en esta ciudad de malditos, ciega a la iniquidad y hambrienta de sangre