sábado, 30 de julio de 2011

Cazando Tormentas



Le gustaban las tormentas, eso era lo único que sabía de ella. Había algo mágico, caótico e infinitamente divino en ellas, o eso parecía por la forma en que las observaba, en silencio y maravillada. Una vez le pregunté mientras se preparaba para ir a cazar  - como ella denominaba a ese apto insensato de ir a un sitios filmar tormentas- cuál era la razón para que le gustaran tanto. Su respuesta, todavía hoy, después de tantos años, resuena en mi interior como si me lo estuviera susurrando en el oído:

-Una tormenta es un fenómeno violento producto de la coexistencia de dos masas de aire a diferentes temperaturas. Estas chocan, se encuentran, y desatan lluvias torrenciales, vientos, truenos y relámpagos. Causan tanto caos y destrucción que es difícil no pensar que es la forma de Dios de demostrar su ira. Pero, para mí, las tormentas son la manifestación de un amor violento, destructivo y apasionado, como dos amantes que se unen y nos deslumbran con su entrega, nos sacuden con sus promesas convertidas en gritos, detienen el tiempo para dar su danza destructiva y correr juntos con el viento. Para mí, la tormenta es la personificación de un amor tan grande que no puede evitar causar ese estruendo.