viernes, 29 de octubre de 2010

Neverland

NEVERLAND

Ya no volverán tus ojos a encontrar las bendiciones divinas en aquella sonrisa. El tiempo ha marchitado todo cuanto iluminó tu camino, la estela que sembró esperanzas en un brillante y glorioso amanecer y que luego, durante noches heladas en las que parecía estar acechando la sombra de la muerte, te cobijó con calidez y te hizo sentir que el mundo te pertenecía. Se ha ido, y se llevo consigo todo cuanto poseías en tu corazón. De hecho, no se llevo un fragmento de los muchos que cayeron hechos triza en tus sollozos, sino que además tuvo el descaro de llevarse aquellos pedazos como un infame recuerdo de lo que te hizo. Lo que ves, ahora que te atreves a hacerlo, es su cadáver, su despojos mortales sin un alma que baile la danza de la vida. No es que haya muerto. Tampoco partió lejos. Es lo que se llama crecer, y explotar todos los sueños infantiles que construyeron, derrumbando los muros de los castillos hechizados en el aire y apartando como mosquitos a las hadas en las que en una época, que en estos instantes parece remota, llegaron a creer. Qué ingenuidad. Creiste con todo tu ser que podía permanecer para siempre a tu lado en la isla de Nunca Jamás.

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  Gente, no me pregunten por qué escribo cosas tan tristes. No sé si salen de mi alma, de algún lugar recóndito y oscuro de mi cerebro traumatizado o si es esta tensión de los días de clases que me llevan a escribir cosas tan deprimentes. Un amigo llegó a calificar esto de "emo-cidad", y últimamentev estoy bastante asustada de mí. Con tantas ideas lúgubres no sé qué pensar: si lo que necesito es irme un fin de semana a la play o a la montaña a reponer energías, o un buen amigo con quien hablar. Lo que sí es cierto, es que extraño a mi querido amigo Laury, que se ha ido lejos de mí, y ahora me encuentro miserablemente sola esperando regresar a aquellos días en Neverland.
Besos, y gracias por leer.