sábado, 18 de septiembre de 2010

Aroma a Felicidad


Como café. Tentadora, deliciosa, adictiva, seductora. Y a ratos, terriblemente amarga.

La felicidad es como un aroma: cuando lo percibes te llenas de ansiedad, todo tu ser te pide que vayas hasta su inalcanzable fuente, y vas allí, que no es ninguna parte, conduciéndote en un intrincado laberinto.

Como todo aroma, es efímero y no estamos capacitados para percibirlo por mucho tiempo. Desaparece de improvisto, nos insensibilizamos de aquella dulzura.

Puede que la fuente - dónde sea que estuvo, o tal vez no estuvo- se haya marchado, aunque en la mayoría de los casos, nosotros, criaturas patéticamente insaciables, no nos percatamos de que continúa ahí, y erramos emprendiendo su búsqueda. Ella llega, nunca la encontramos.

Algunos se dan cuenta de que perseguían molinos de viento y abandonan tan desafortunada empresa. Otros, más imprudentes, tercos y estúpidos, se dispersan buscando en el aire la fuente de dicha, de miedo y de angustia. Y se pierden, obviamente. Porque por un tiempo de júbilo, viene amargo dolor ante la contemplación de absurdas promesas, sueños de frágil cristal y momentos que por más que busques, no volverán.